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28.3.16

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Marcela Paniak



Cuán desvanecidos andan todos, escribió Virginia Woolf a distintos destinatarios en 1941. Y a Isaiah Berlin, Llame por favor a mi portezuela gris. No llamó; ella murió antes. Lo que sigue es un fragmento de ese mismo año:

Es raro que el sol esté brillando; y los pájaros, cantando.
Pues aquí
todo es negro como el carbón: aquí en la pequeña cueva donde me siento.
Tal era la queja de la mujer que tenía todas sus facultades intactas.
No llegó suficientemente. Se le escapaba

            (Colección Berg de la Biblioteca Pública de Nueva York)

Leer este pasaje, especialmente la línea tachada, me llena de una súbita comprensión. Las tachaduras son algo que uno ve muy rara vez en los textos publicados. Son como la muerte: con un simple trazo todo se pierde, y sin embargo sigue ahí. Pues la muerte si bien totalmente distinta a la vida comparte una piel con ella. La muerte traza una línea en cada momento del tiempo ordinario. La muerte se esconde en el interior de cada frase luminosa que poseíamos y cuyo sentido se nos escapaba. La muerte es un hecho. Ni más ni menos extraño que el célebre hecho que ofrece la última frase de sus diarios (24 de marzo de 1941):

L. está cuidando los rododendros.

Las tachaduras me sostienen ahora. Las busco y acaricio como viejas fotografías de mi madre en tiempos más felices. Puede que sea una etapa de luto y que pase finalmente. Puede que nunca vuelva a pensar en frases desveladas de esta forma. Me ha hecho cambiar. Ahora yo también soy alguien que reconoce las marcas.
Este es el epitafio para mi madre que encontré en la página 19 del manuscrito Fitzwilliam de Women and Fiction [Mujeres y narrativa], de Virginia Woolf:

tal
abando             Obviamente es imposible, pensé, mientras miraba
no                                       esas aguas espumeantes,
tal                   comparar a los vivos con los muertos hacer ninguna
arrebato                             comparación compararles.




Hombres en sus horas libres, Anne Carson



23.3.16

8.3.16

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Amy Friend




Ahora, puedo decirle algo: tendrá dulzuras que no puede creer todavía.
Cuando tenía usted a su madre, pensaba usted mucho en los días de ahora
en que ya no la tendría más. Ahora pensará mucho en los días de antaño
en que la tenía. Cuando se acostumbre usted a esa cosa horrible que es ser
rechazado hacia el antaño, entonces la sentirá usted revivir dulcemente,
volver a tomar su lugar, todo su lugar cerca de usted. En este momento, esto
no es posible todavía. Esté usted inerte, espere que la fuerza incomprensible
que lo ha roto, lo levante un poco, digo un poco pues siempre guardará usted
algo de roto. Dígase usted esto pues es una dulzura saber que no se amará
nunca menos, que uno no se consolará jamás, que se acordará cada vez más. 

Carta de Marcel Proust a Georges de Lauris
en Diario de duelo, Roland Barthes