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28.2.15

las plegarias



Dan Estabrook





cuida cada vez cada vez en cada boca la plegaria rezan cuida repentino un golpe la mirada súplica y dolor dolor y estrábica de vez en adelante siempre cuida la impotencia hace palabras como cuida hace plegarias cada vez sedimentándose abisales cada vez cada plegaria rezan cuida

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sabrás instinto rezan la memoria hace plegarias rotas que sabrás la mano aquí aquí la enfermedad en lo que rompe hace escondite cuida insiste que sabrás lo roto duele lo que escribe cuida cuida la oración si abajo buscas toca

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rezan se hace y es sabrás como si siempre siempre ahora que sabrás como una hija que ha crecido rezan cuida las palabras y las manos hilan gestan se hace vuelco el corazón sabrás caerlo y no temer el hilo anuda un alfabeto el gesto nace de las yemas

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cada vez si cuidas tocas este fondo movedizo y ah si si si si si dudas cada vez qué incierto ruego hace la fe si escribe piel qué huella tiene rezan rezan cada vez la enfermedad hace plegarias en un cuerpo toca toca si hay un dios está en el tacto



22.2.15

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21.2.15

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Daido Moriyama



¿Qué es eso a lo que le hablas con palabras que
abandonan su forma como olas que regresan? 

Resonancia, Richard Jackson



19.2.15

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Trent Parke



Al final de este día queda lo que quedó ayer y quedará mañana:
el ansia insaciable e innúmera de ser siempre el mismo y otro.

Libro del desasosiego, Fernando Pessoa



18.2.15

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Walker Evans



En un día sin nubes como aquél, el cielo que rodea por todas partes y por encima del avión
es como un telón de un monótono azul impenetrable a la vista y a la imaginación. Pero allá
abajo la tierra es redonda. La tierra es finita. Desde esa altura uno no ve a los hombres
ni los detalles de su humillación. La tierra, a gran distancia, es perfecta e íntegra.
Pero ése es un orden de cosas extraño al corazón humano, y para amar a la tierra hay
que acercársele más. Planeando hacia abajo, muy bajo, sobre la ciudad y la campiña, esa
integridad se rompe en múltiples impresiones. La ciudad es muy parecida en todas
las estaciones, pero los campos varían. Al principio de la primavera los campos parecen
remiendos de pana gris descolorida, iguales entre sí. Ahora ya se distinguían los cultivos:
el verde grisáceo del algodón, la densa y trepadora planta del tabaco, el verde intenso del maíz.
Cuando uno se acerca  describiendo un círculo, la ciudad misma se convierte en algo loco
y complejo. Se ven todos los rincones secretos de los tristes patios traseros. Vallas grises,
fábricas, y la llanura de la calle principal. Desde el aire los hombres resultan encogidos,
tienen aspecto de autómatas, como los muñecos de cuerda. Parecen moverse mecánicamente
en medio de las miserias que les tocan en suerte. No se les ven los ojos. Y por último,
esa sensación se hace intolerable. La tierra entera, a gran distancia, significa menos
que una larga mirada a unos ojos humanos. Aunque sean los ojos de un enemigo.

Reloj sin manecillas, Carson McCullers



16.2.15

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Tomeu Coll



Podríamos poner a prueba nuestras vidas de mil maneras sencillas:
considerar, por ejemplo, que el mismo sol que madura mis judías ilumina
a un tiempo un sistema de planetas como el nuestro. Si hubiera recordado esto,
habría evitado algunos errores. No fue ésta la luz con la que las cultivé.
¡De qué maravillosos triángulos son vértices las estrellas! ¡Qué seres más
diferentes y distantes contemplan simultáneamente desde las numerosas
mansiones del universo la misma estrella! La naturaleza y la vida humana
son tan distintas como nuestras constituciones. ¿Quién dirá cuál
es la perspectiva que la vida ofrece a los demás? ¿Podría ocurrir
un milagro mayor que el de ver a través de los ojos de otro?

Walden, Henry David Thoreau



12.2.15

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Corinne Mercadier



No somos más que piel al viento, con los músculos tensos contra la mortalidad.
Dormimos sobre una interminable polvareda de reproches a nosotros mismos.
Estamos colmados hasta la garganta con nuestras propias palabras para la desdicha.
La vida, los pastos en los que se nutre la noche, y que cercena para la obtención del
bolo alimenticio que nos sustenta para la desesperación. La vida, el permiso de conocer
la muerte. Fuimos creados para que la tierra pudiera apreciar su gusto inhumano;
y amamos para que el cuerpo sea tan querido que incluso la tierra pueda rugir con él.
Sí, nosotros, colmados de desdicha hasta la garganta, deberíamos mirar con atención
a nuestro alrededor, dudando de cuanto hemos visto, hecho, dicho, precisamente
porque tenemos una palabra para designarla, pero no disponemos de su alquimia.

El bosque de la noche, Djuna Barnes



1.2.15

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David Jiménez



Y sucede lo siguiente: cuando me extraña la palabra
entonces alcanza su sentido. Y cuando me extraña la vida
entonces empieza la vida. Tengo cuidado de no sobrepasarme.
En todo esto hay una gran contención. Y entonces me entristezco
sólo para descansar. Llego a llorar dulcemente de tristeza.
Después me levanto y vuelvo a empezar.

Agua viva, Clarice Lispector