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18.2.15

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Walker Evans



En un día sin nubes como aquél, el cielo que rodea por todas partes y por encima del avión
es como un telón de un monótono azul impenetrable a la vista y a la imaginación. Pero allá
abajo la tierra es redonda. La tierra es finita. Desde esa altura uno no ve a los hombres
ni los detalles de su humillación. La tierra, a gran distancia, es perfecta e íntegra.
Pero ése es un orden de cosas extraño al corazón humano, y para amar a la tierra hay
que acercársele más. Planeando hacia abajo, muy bajo, sobre la ciudad y la campiña, esa
integridad se rompe en múltiples impresiones. La ciudad es muy parecida en todas
las estaciones, pero los campos varían. Al principio de la primavera los campos parecen
remiendos de pana gris descolorida, iguales entre sí. Ahora ya se distinguían los cultivos:
el verde grisáceo del algodón, la densa y trepadora planta del tabaco, el verde intenso del maíz.
Cuando uno se acerca  describiendo un círculo, la ciudad misma se convierte en algo loco
y complejo. Se ven todos los rincones secretos de los tristes patios traseros. Vallas grises,
fábricas, y la llanura de la calle principal. Desde el aire los hombres resultan encogidos,
tienen aspecto de autómatas, como los muñecos de cuerda. Parecen moverse mecánicamente
en medio de las miserias que les tocan en suerte. No se les ven los ojos. Y por último,
esa sensación se hace intolerable. La tierra entera, a gran distancia, significa menos
que una larga mirada a unos ojos humanos. Aunque sean los ojos de un enemigo.

Reloj sin manecillas, Carson McCullers



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