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12.2.15

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Corinne Mercadier



No somos más que piel al viento, con los músculos tensos contra la mortalidad.
Dormimos sobre una interminable polvareda de reproches a nosotros mismos.
Estamos colmados hasta la garganta con nuestras propias palabras para la desdicha.
La vida, los pastos en los que se nutre la noche, y que cercena para la obtención del
bolo alimenticio que nos sustenta para la desesperación. La vida, el permiso de conocer
la muerte. Fuimos creados para que la tierra pudiera apreciar su gusto inhumano;
y amamos para que el cuerpo sea tan querido que incluso la tierra pueda rugir con él.
Sí, nosotros, colmados de desdicha hasta la garganta, deberíamos mirar con atención
a nuestro alrededor, dudando de cuanto hemos visto, hecho, dicho, precisamente
porque tenemos una palabra para designarla, pero no disponemos de su alquimia.

El bosque de la noche, Djuna Barnes



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