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20.9.14

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Farah Willem



Tendencia a extender el dolor más allá de uno mismo: ¡yo aún la tengo!
Las personas y las cosas no son para mí suficientemente sagrados.
¡Ojalá no ensucie nada cuando me convierta totalmente en lodo!
Que no ensucie nada, aunque sea sólo dentro de mi pensamiento.
Ni en los peores momentos sería capaz de destruir una estatua griega
o un fresco del Giotto. ¿Por qué entonces otra cosa? ¿Por qué, por ejemplo,
un instante en la vida de un ser humano que podría ser un instante feliz?

La gravedad y la gracia, Simone Weil



1 comentario:

Darío dijo...

Parece que nuestro dolor contagia todo...